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La Casa y el Ensueño

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos, 9 segundos 2012-05-04 19:29:29

ensueño.
(Del lat. insomnium)

1. m. Sueño o representación fantástica de quien duerme.
2. m. Ilusión, fantasía

Es curioso como la definición de una palabra puede escribirse tan clara y rápidamente y no mostrar más que la tímida superficie de lo que significa. Zambullirse en "La poética del espacio" de Gaston Bachelard es descubrir la ensoñación. La ensoñación entendida en toda su magnitud. Es descubrir cómo esta, al servicio del hombre, es capaz de transgredir, de manipular y de fijar el espacio que lo rodea (y que lo rodeó) para configurar un concepto profundo de lo que es la casa.

La casa es entendida como un ser fuertemente estructurado. Es una entidad inevitablemente vertical. Aunque más que del concepto de verticalidad debemos hablar de la relación entre espacios y de la jerarquización de lugares dentro de la casa. Según Bachelard, se establece una polarización entre el sótano y la guardilla. Son dos extremos de una cuerda virtual que representa la casa. Por un lado, el sótano, la profundidad y lo oscuro, fuertemente hincado en la tierra y por otro la luz y el deseo consumado de la guardilla. Es como una identificación platónica de dos mundos vertebrados por la construcción de la casa que los une y les da sentido.

Sin embargo, estos dos extremos no se alimentan recíprocamente. En la filosofía peripatética al hablar de la lucha entre contrarios aparecía el concepto de virtud situado en el término medio de esa cuerda. La casa vertical no entiende de este término medio potente y virtuoso. La casa es más bien una flecha ascendente, una escalera de subida que permite pasar de lo oscuro al cielo, pero donde el fin último no es el centro entre las dos partes sino la propia luz intensa que solo podemos alcanzar a ver cuando estamos en lo más alto. Retomando la línea platónica podemos identificar, claramente, esta Ascensión hacia el desván, que propone Bachelard, con la propia teoría del conocimiento de Platón y la purificación que experimenta el ser al tocar lo más alto. En ella se asciende desde lo sensible, desde las sombras, desde la oscuridad del sótano, avanzando por los distintos estadios de conocimiento, cada vez más verdadero, hasta llegar a la propia luz en si misma, la luz que emana del Sol, donde las ideas desnudas de toda contingencia se nos muestran protegidas por la seguridad de la guardilla. Es el punto más alto de la casa. Es en este punto donde habita la verdad del ser, donde solo hay sitio para el potente Sol recortado en el cielo que nos marca la idea primigenia por antonomasia, la idea del Bien en el ser.

Esta fuerte elevación vertical, lamentablemente, no es universal; nos ofrece una visión sesgada de la realidad arquitectónica. Esta idea de casa, solo es posible si nos atenemos al contexto occidental. Debo retomar, en este punto, la perdida de énfasis, de la que antes hablaba, en torno a la verticalidad, en detrimento, no de la horizontalidad a la que hacía referencia R. Moneo, sino de la jerarquización. La verticalidad surge como consecuencia de unas connotaciones culturales muy concretas, sin embargo, la verdadera categoría del concepto de Bachelard reside en la ponderación.

Es imposible imaginar una arquitectura que carezca de jerarquía. Incluso desde el catalejo más puro de la Modernidad y sus ideas de repetición (tanto horizontal como vertical) subyace la idea de jerarquía; la idea de espacios y elementos que se supeditan y enriquecen unos a otros. Estos elementos, que pueden parecer de segunda categoría, en realidad no lo son, en tanto que es imposible que los "principales" o de primera categoría puedan llegar a serlo sin ellos. En la arquitectura en su totalidad, o focalizando nuestra visión en una pieza reducida como es la casa, siempre ha existido una ponderación espacial y la arquitectura siempre ha ganado riqueza cuanto mejor ha sido tratada la relación entre las partes que conforman el todo.

En este sentido si podemos hablar de universalidad. Ya sea en la casa occidental, en la cabaña primitiva o en casa típica japonesa. En esta última, siguiendo las palabras de Tanizaki en "El elogio de la sombra", reconocemos rápidamente, que la verticalidad no es el máximo exponente, sin embargo, si lo es la transición, el camino que nos conduce al fin; el juego de las partes y como estas se inclinan unas hacia otras. La luz del exterior es expulsada de la casa por la reconfortante sombra del interior y esta ausencia de luz es el verdadero significado de la casa. Lo sagrado no está ligado a la luz cegadora sino a la sombra que acaricia y ennoblece los objetos del interior. Lo más puro está resguardado de la luz, protegido por la constante sombra que se erige como guardián del templo. Se ha producido, en este contexto cultural, una transmutación de los valores arquitectónicos y los valores del ser, donde la sombra ocupa el lugar de la luz. Sin embargo, en ambos casos el valor arquitectónico reside en la aparición de elementos de gran fuerza que resaltan la ensoñación. El valor reside en los puntos de la casa que permiten la ensoñación.

En definitiva, todo gira en torno a la ensoñación. La casa nos permite la ensoñación y no por su verticalidad, o por la luz que nos guía hacía lo más alto de la construcción, sino por la aparición de elementos, de estancias que conforman esas imágenes fuertemente fijadas en nuestra memoria. Esas imágenes que componen nuestra memoria, son reveladas a través de la ensoñación y se elevan como hitos, como puntos de referencia en nuestro mapa interior que define quienes somos y quienes podremos llegar a ser.

Posted by Juan Pedro